Me buscaba

Era una cuarto obscuro y subterraneo, como un sótano, ahí se encontraba acostaba boca abajo mientras él le daba un masaje con una pomada blanca sobre su espalda, la piel parecía que se desprendía y su color blanco no sé si se debía a la pomada o a los años que ha estado bajo tierra.

Llegué a ese lugar obscuro porque minutos antes mi hermana me había visitado para decirme que mi madre me buscaba, me dió un pedazo de papel en donde estaba dibujada la forma en que debería de llegar, era tan fácil que parecía confusa. Había que bajar las escaleras que llevaban de mi cuarto a la sala, pero los escalones eran grandes y de fierro, mis pasos se escuchaban fuerte, retumbaban, pues bajé apresurada, añoraba verla viva y no muerta.

Al llegar al ultimo escalón me detuve, un haz de luz que se colaba por una ventila iluminaba el lugar donde estaba acostada. Me sorprendió tanto verla con la piel desgarrada, su cuerpo consumido por la tierra, el pelo intacto, ojeras y lo peor sin ropa.

Pregunté por qué le daban masaje, ella me contestó: – no crees que me duele el cuerpo después de estar cuatro años bajo tierra. En ese momento mi cuerpo se paralizó. No podía creer lo que estaba mirando. Con un tono burlon me miró fijamente a los ojos, casi retándome y me dijo: -vengo por ti, por eso me salí de la tumba.

Me atrapó aquello que pesa, que sube y baja de la garganta hasta los pies y los convierte en plomo: el miedo. Temí como nunca a la voz de mi madre. Ni siquiera un regaño de la infancia fue tan provocador de sensaciones como esta imperativa forma de quererme llevar con ella.

Se rió de mí y me pidió que la tocará para sentir que aquello que veía no era una ilusión, se puso de pie y se acercó . El hombre que le daba el masaje se descubrió la cara, cuando lo miré descubrí que era mi hermano. Comenzó a hablar y me dijo: – es nuestra madre, ¿por qué no le crees?. Le grité sin pensarlo: -no es ella, ya no existe, te esta engañando, ¡mírala!

Trate de huir, corrí por los escalones, pero cada vez eran más. Ella me seguía, pero sus pasos eran muy lentos, en cada paso un pedazo de piel se le desprendía. El miedo me invadía, vi tres candados pesados al final de la escalera, le tiré uno a uno en su pecho para detenerla, no quería que me llevara con ella. El ultimo candado sentí que la hirió, se desplomó en pedazos hasta que logre ver sus huesos que se caían al suelo.

Desperté. Miré al techo, seguía obscuro, eran las 6:29 am. Estaba angustiada, su voz se había quedado dentro de mi cabeza. Tenía mucho miedo, todavía escuchaba su tono burlesco y veía su piel cayendo.

Aunque no había nada en la habitación, sentí que estaba ahí. Todo el día me persiguió.


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