Los últimos minutos de un Domingo

Pareciera que los días son solo días y así seria si no tuvieran un nombre; es que nos gusta encasillar y etiquetar las cosas para no perderlas de vista.  Creo que así paso con el domingo,  el más mítico de todos los días que viene impregnado de nostalgia y melancolía por la vida, tal vez se deba a que en este día Él se sentó a admirar la obra de sus manos.

Es que los domingos nadie trabaja, o al menos eso se acostumbraba hasta que el mundo se dio cuenta que era un día más y que se podía trabajar. Las mañanas de un domingo están como pausadas, apenas y se escucha uno que otro ruido porque todos duermen hasta tarde. El desayuno suele ser hasta el medio día y es que las horas de un domingo poco importan hasta que llega la tarde, cuando el reloj da las seis y nos damos cuenta que ha pasado un día más.

El atardecer de un domingo es lento y con nubes rosadas, con silencios y con vecinos que vuelven a casa después de haber salido a comer con la familia. Y uno convertido en bicho, como en la metamorfosis de Kafka.

En cambio, este domingo en el que escribo tiene tintes apresurados, pues mañana es el regreso a clases. Su ambiente es de niños suplicando a Dios más días para terminar la tarea que en dos semanas no comenzaron y pidiendo un milagro para que las puertas de las papelerías se abran y puedan comprar lo que les hace falta;es de adultos pensando en usar sus pantuflas todo el día porque mañana vuelven a la rutina laboral, de padres regañando a sus hijos por no hacer la tarea y diciéndoles el tan ya emblemático “Te lo dije”. Este domingo es de personas que vuelven bronceadas a casa, que tiran las maletas  y anhelan congelar el tiempo.

Es domingo y son sus últimos minutos.


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